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lunes, 6 de mayo de 2019

NATURALEZAS SIN RETORNO

“La montaña en que no habitaban dioses de figura humana, las estribaciones sobre las que no se erguía ninguna estatua visible, las pendientes no holladas por algún zagal, no merecían una sola palabra. Todo era escenario vacío en tanto no apareciera el hombre y llenara con su acción corpórea, de modo trágico o hilarante la escena. Todo esperaba al hombre, y allí donde llegaba, todo retrocedía y le dejaba espacio libre”.

Von der Landschaft (Sobre el paisaje, 1902)
Rainer María Rilke

Natura/Contra natura, Cristina Ferrández

Las transformaciones naturales de nuestros paisajes son un work in progress apenas perceptible tras el telón de fondo de la antropización rápida y sin miramientos de la acción humana. En Naturalezas sin retorno la artista Cristina Ferrández muestra a través de la fotografía y el videoarte los cambios en unos territorios que parecen prístinos pero en los que, en realidad, escasamente se revelan rasgos de su pureza inicial. “Parece que nuestra civilización aliena nuestro propio entorno” proclamó Agustin Berque. Y es que, en la época de la modernidad líquida de Bauman, nuestros paisajes también se han vuelto líquidos. El carácter acelerado de los tiempos se traduce en ceguera hacia nuestro alrededor, hacia el impacto de las tecnologías, de la deforestación, de la contaminación, de los residuos generados por el sistema capitalista… Todo ello sin darnos cuenta de que la naturaleza, como la piel, tiene memoria. Y el cambio climático es su carcinoma.

En un instante de entropía, Cristina Ferrández

            El trabajo de Ferrández no muestra espacios degradados e hiperindustrializados, sino que pone el foco en una realidad menos obvia. Su objetivo es enfrentarse a la materialidad de aquellos parajes en los que la espontaneidad natural de los cambios geológicos graduales ha quedado subsumida por la domesticación. El sujeto contemporáneo somete al hábitat otorgándose unos plenos derechos de explotación que no le han sido concedidos. Gea es de todos y no es de nadie. Sin embargo, retrocede y deja espacio libre a la acción humana tal y como dejó escrito Rilke.
En Le coeur de l`homme et le cours de la nature (El corazón del hombre y el curso de la naturaleza, 1991) el ya citado Berque exclamó “¡La muerte del paisaje es el fin del proyecto moderno!”. No se trata de proclamar una naturaleza primigenia sino de reflexionar sobre cómo los efectos del modelo económico-social imperante están generando un proyecto de paisaje en el que el ciclo natural del eterno retorno está desapareciendo ante nuestra propia mirada.

La presa de la araña, Cristina Ferrández


GALERÍA LUMBRERAS / Catálogo expositivo:

El Cuaderno Digital:

Arteinformado:

La Ventana del Arte:

I love Bilbao:



martes, 17 de julio de 2018

FOTOGRAFÍA 01: LO CAPITAL ES LA MIRADA

“Hay que mirar, y mirar es algo sumamente difícil”. Son palabras de Henri Cartier-Bresson en una entrevista con Alain Desvergnes. “Lo capital es la mirada” se tituló esta conversación” y sí, estoy de acuerdo con ello. La primera exposición de fotografía de la Galería Lucía Dueñas aglutina tres nombres, tres estilos, tres temáticas. ¿El punto común? La mirada sobre la vida y la capacidad de reflexión a través de la instantánea.



Lluís Estopiñan: Ontología de los afectos

El olvido, el pasado. “La memoria constituye por sí sola un criterio de la identidad personal” dictaminó Paul Ricoeur. Entonces, ¿nuestro yo está directamente vinculado con nuestra capacidad de recordar? A través de Disclosed Memory Lluís Estopiñan responde afirmativamente a esta pregunta.
La recuperación del pasado y su recreación en el presente son abordados en esta serie a través de negativos antiguos, cajas desmontadas de medicamentos y del azul prusiano de la cianotipia. El proceso creativo y los elementos empleados son parte indisoluble de una ontología de los afectos y de una evocadora manera de aprehender los objetos pretéritos. Además, la delicadeza de los resultados es paralela a la fragilidad para almacenar los recuerdos.


Las imágenes fotográficas han sido expuestas con sol de Cadaqués y reveladas con mezcla de agua corriente también de Cadaqués y de mar de la playa de “Es Colom”. Cada lugar tiene su genius loci, sus características distintivas, su propia idiosincrasia. Cada lugar tiene un sentido y, en palabras de Yannis Hamilakis el baluarte de la arqueología sensorial, la conexión con un determinado territorio surge de “la capacidad de los lugares para recolectar y acoger recuerdos”.

Los objetos y los lugares están, por tanto, cargados de afectividades. Mayores éstas cuanto más alejadas temporalmente porque entonces hace su aparición la nostalgia y el anhelo de retorno. El tiempo perdido, los momentos vividos, las ausencias. Pasado y presente están vinculados a través de la memoria. Retomando a Ricoeur “la memoria es el presente del pasado”, permite remontar a los acontecimientos más lejanos de la infancia y establecer una continuidad con el presente vivido. Para Lluís Estopiñan los recuerdos que nos posibilitan transitar en el tiempo son de color azul cyan. La serie Disclosed Memory ejemplifica la quintaesencia de la memoria y, por extensión, de nuestra identidad.



Rafa Fernández: Topografía americana 

Sentenció Gautier que el placer del viaje consiste en ir, no en llegar. Rafa Fernández concibe el viaje así, como una experiencia que plasma a través de la fotografía entendida como periégesis no escrita sino visual. Sus instantáneas reconstruyen una personal topografía americana de tipos humanos, escenas de calle, carreteras, coches, gasolineras, cafeterías, hoteles… Un inventario en blanco y negro de los territorios transitados, pero no al modo del turista sino a la manera de un flaneur del viaje.



Carmelo Vega en su ensayo Lógicas turísticas de la fotografía, editado por Cátedra, reflexiona acerca de cómo la práctica fotográfica y la experiencia viajera van de la mano: Los viajes fotográficos fueron concebidos como viajes de la verdad: la imagen fotográfica reconstituía así la imagen del mundo. Fotografiar era volver a ver. Pero, además, ver de forma ordenada: planificando y estructurando la mirada como un fichero, colocando metódicamente las cosas en su sitio, señalando su situación exacta, determinando su importancia. En definitiva, catalogando lugares, culturas, individuos, objetos; reduciéndolo todo a lo esencial, al estereotipo, a una identidad epidérmica fundada en la visión subjetiva del que viene de fuera. Hasta el propio Baudelaire, entusiasta enemigo de las pretensiones artísticas de la fotografía, admitió su valor como documento de exploración y de reconocimiento.

Viajar es conocer. En 1960, John Steinbeck descubrió que no conocía su propio país y, junto a su perro Charley, inició un largo periplo por tierras estadounidenses. En los viajes de Rafa Fernández su compañera es una Leica M6 que parece disparar al ritmo de blues o jazz. Y es más que probable que en la maleta lleve también algún libro de Steinbeck. La serie American Way desplaza la imaginación del espectador al planeta americano a través, por tanto, de unas imágenes nutridas de referencias musicales, literarias y, por supuesto, fotográficas. Robert Frank, Walker Evans, Garry Winogrand, William Eggleston… la lista es larga como “largos son los viajes que requiere América” en palabras de Stephen Shore. Abróchense el cinturón. Esto es una invitación al viaje a través de las imágenes reveladas de Rafa Fernández. 


Carlos Pérez Siquier: lo bello y lo mísero en La Chanca

Año 1956. Almería. Un joven Pérez Siquier documenta fotográficamente el paisaje y el paisanaje de La Chanca. Este barrio de pescadores, nacido en las inmediaciones del puerto, fue creciendo a base de chozas, chabolas y cuevas.  Juan Goytisolo describió así su urbanismo improvisado y nacido de las circunstancias: “Las casucas parecen un juego de dados, arrojado allí caprichosamente. La violencia geológica, la desnudez del paisaje son sobrecogedoras. Diminutas, rectangulares, las chozas trepan por la pendiente y se engastan en la geografía quebrada del monte, talladas como carbunclos”.


Prostitución, alcoholismo, delincuencia juvenil, tracoma, lepra, demencia, tuberculosis, subdesarrollo, hambre, analfabetismo, resignación... males de La Chanca bajo el sol abrasador y las blancas vibraciones de las paredes encaladas. El día a día del lugar fue plasmado por Pérez Siquier no bajo la mirada de la denuncia sino de la dignificación, ensalzando la vida cotidiana de las gentes. Y ello a través de una fotografía instintiva y espontánea. En una entrevista él mismo se definió en estos términos: “Soy de los fotógrafos intuitivos, incapaz de preparar una fotografía. Yo quiero coger la vida como pasa por delante de mis ojos. Tanto las personas como los objetos salen a mi encuentro. Yo no busco”.

La fotografía humanista de La Chanca se convirtió en uno de los máximos ejemplos del documentalismo de AFAL, el movimiento de renovación fotográfica más importante de la Historia de la Fotografía Española que Pérez Siquier fundó junto a José María Artero. Su autenticidad entronca con ciertos aspectos del neorrealismo italiano mostrando de forma fidedigna las condiciones sociales del barrio a través del blanco y negro en tiempos de posguerra y de censura política. Ésta no era la España que Franco quería mostrar.


Año 1962. La Chanca ya no volvería a ser retratada en blanco y negro pues Pérez Siquier empezó a trabajar en color, pero manteniendo siempre los encuadres y composiciones estética y conceptualmente innovadores. Éste fue también el año en el que Goytisolo escribió sobre este territorio infrahumano. El intelectual reflexionó sobre la ambivalente sensación causada por un lugar en el cual belleza y la pobreza discurrían de manera equidistante: “Paralelamente a este doloroso descubrimiento, la contemplación de su bellísimo, luminoso paisaje me sobrecogió. Desde entonces he vivido atrapado en un dilema insoluble: el que opone la visión estética y hedonista del mundo a un enfoque exclusivamente moral. Mi indignación ante las condiciones de pobreza y desamparo en que viven los hombres y mujeres a quienes más cercano me siento chocan de frente con la seducción íntima de un paisaje desnudo y áspero, de una serie de virtudes primitivas inexorablemente barridas por el progreso e industrialización”. La dicotomía de emociones se presenta también cuando el espectador se enfrenta a lo bello y lo mísero discurriendo en paralelo en las fotografías de Pérez Siquier. 


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miércoles, 28 de marzo de 2018

DE LO VENIDERO EN EL ARTE (UN ANÁLISIS DE ARCO2018)


          “El futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer”. Éste ha sido el, a priori, optimista leitmotiv de ARCOmadrid2018. En la práctica más de lo mismo pero acompañado de muchas ventas que, en el fondo, es lo que cuenta. De hecho, parece ser que se han recuperado ''posiciones previas a la crisis'' y el ambiente general de los dos primeros días así lo manifestaba a través de los numerosos coleccionistas que se veían pulular por los pasillos. Eso sí, no nos engañemos, el gran coleccionista no es español sino latinoamericano.  
¿El futuro? El futuro no sé, pero el presente de esta edición ha traído censura y una más que necesaria reivindicación de género ante la invisibilización que sufren las mujeres en el sector cultural. Entonces, visto lo visto, si éste es el futuro que paren el mundo que yo me bajo.


La feria comenzó movidita, cuando aún no había dado tiempo ni de avanzar medio pabellón tras pararte a hablar con mil y un conocidos y colegas de profesión, llegó el notición que ya no dejaría de planear sobre nuestras cabezas en los próximos días:  la retirada de la obra de Santiago Sierra que califica de “presos políticos” a Junqueras y los Jordis. La petición llegó por parte de IFEMA, no de ARCO (quien emitió un comunicado para mostrar su desacuerdo con esta medida) y su galerista Helga de Alvear, cual sumisa del sistema, aceptó retirarla. La pieza la compró un empresario catalán por una cantidad nada desdeñable. Al final todos ganan excepto la libertad de expresión. Estamos ante la primera vez en las 37 ediciones de la feria en la que se retira una obra de arte expuesta. Juzguen ustedes. 

Presos político / Santiago Sierra / Galería Helga de Alvear

El segundo aspecto controvertido de la edición, que no es nuevo en absoluto sino que es un pesado fardo a cargar en toda la Historia del Arte, es la escasa presencia de mujeres artistas. Y así seguimos. El año pasado, según las cifras proporcionadas por MAV (Mujeres en las Artes Visuales) sólo el 20% de los participantes en ARCO fueron mujeres. Y, dentro de este porcentaje, el número de artistas españolas es ínfimo. Este año la cosa andará por el estilo. Lo significativo es que, con estos porcentajes y en el maremágnum de dos pabellones repletos de arte por los cuatro costados sobresalga, a mi juicio, la obra de cuatro artistas mujeres españolas. Tres de ellas con una carrera de fondo como Concha Jerez (Aural Galería – España), Esther Ferrer (Galería Angels Barcelona- España) y Carmen Calvo (Galería Rafael Ortiz – España) y otra joven y con mucho futuro como Irma Álvarez-Laviada (Galería Luis Adelantado – España). Pero aun siendo positivo, esta selección también traduce la dificultad de acceso a los circuitos oficiales que padecen las creadoras más jóvenes.

Paisaje de la memoria / Concha Jerez / Aural Galería

Esther Ferrer / Galería Angels Barcelona

Desde ARCO se ha tratado de ofrecer una cara amable en este sentido ya que los tres programas de la feria están comisariados íntegramente por mujeres y, a través de las redes sociales, se ha realizado también alguna que otra publicación de attrezzo. Una pátina que no oculta la realidad por ello, en la primera jornada de la feria y de manera paralela a todo el revuelo de la citada obra censurada, bajo el hashtag #estamosaquí más de sesenta mujeres vinculadas al arte se unieron en una acción feminista a iniciativa de las artistas Yolanda Domínguez y María Jimeno con el objetivo de visibilizar el papel de la mujer en el arte. Con una señal roja de geolocalización como las de GoogleMaps sobre la cabeza, el grupo recorrió tranquilamente la feria con el fin de generar diálogo y sonoridad. Entre las participantes se encontraban muchas integrantes de La Caja de Pandora, un grupo de trabajo independiente, horizontal y no mixto de más de 3000 mujeres y otras identidades de género no hegemónicas, vinculadas con el arte y la cultura, organizadas y en lucha por un contexto libre de violencias machistas y abusos de poder.

#estamosaquí

En esta línea, una de las propuestas más destacadas de la feria ha sido el stand de la Fundación Provincial de Artes Plásticas Rafael Botí, organismo dependiente de la Diputación de Córdoba que, bajo el lema “ARTE, MUJERES Y FUTURO”, reunió la obra de tres destacadas creadoras: Nieves Galiot, Verónica Ruth Frías y Lola Guerrera. El comisariado corrió a cargo de Lola Molina, un orgullo de colega de profesión. Además, a través de la acción participativa I am a woman orquestada por la propia Verónica Ruth Frías, una treintena de mujeres del sector portaron carteles con los lemas que conforman la obra Pink Power exhibida en el stand. Éste sí es el futuro damas y caballeros. El proyecto se acompañó de un catálogo muy cuidado en cuanto al contenido y en el que Lola Molina sentencia: “La presente exposición brinda una nueva oportunidad para apreciar la calidad de la que goza la creación contemporánea cordobesa. Confiamos en aportar nuestro granito de arena a la visibilización de la riqueza de planteamientos del trabajo artístico de las mujeres”. Pasen y vean diputaciones varias del territorio nacional y, por favor, tomen ejemplo.

Arte, Mujeres y Futuro / Fundación Rafael Botí

Retomando una anotación del inicio del artículo y analizando la feria globalmente, en este ARCO 2018 ha destacado el coleccionista latinoamericano, no en vano uno de los Premios “A” al Coleccionismo en su 22ª Edición ha recaído en la Colección Ella Fontanals Cisneros “por la visibilidad que su colección y la Fundación CIFO (Cisneros Fontanals Art Foundation) han dado a los artistas de Latinoamérica”. Por este motivo se presentó en el pabellón 9, en un pequeño espacio a modo de gabinete, una selección de obras de esta colección como testimonio de la labor realizada. Entre ellas, destaco especialmente los trabajos de Doris Salcedo (Colombia) y un vídeo en 8mm de Ana Mendieta (Cuba) titulado “Corazón de roca con sangre”.

Doris Salcedo y Ana Mendieta / Colección Ella Fontanals Cisneros

Las galerías y los artistas con propuestas más interesantes también provienen de América Latina. Es el caso de galerías como Carmen Araujo (Venezuela), Del Infinito Arte (Argentina), Casas Riegner (Colombia), Nueveochenta (Colombia), Instituto de Visión (Colombia), Marso (México) o Isabel Aninat (Chile). 

Nueveochenta (Bogotá)

Instituto de Visión (Bogotá)

Y, en relación a los artistas, merecen mención Sandra Gamarra (Perú) con las galerías 80M2 Livia Benavides (Perú) y Juana de Aizpuru (España), Dora Longo Bahía (Brasil) con Vermelho (Brasil), Norman Morales (Guatemala) con la galería Rafael Ortiz (España), Abel Barroso (Cuba) con Michel Soskine (con sede en Nueva York y Madrid) y Francois Bucher (Colombia) representado por Alarcón Criado (España) con una de las mejores piezas de toda la feria titulada “El Archivo Macondo (La curva del tiempo cero)” compuesta por 26.454 fotografías de gente anónima tomadas entre los años 80 y 90 en la ciudad de Bogotá.

Dora Longo Bahía / Vermelho

El Archivo Macondo / François Bucher / Alarcón Criado

El Archivo Macondo (detalle) / François Bucher / Alarcón Criado

Al margen de esta selección resulta imposible no hacer alusión a tres rincones top de ARCO 2018 protagonizados por Marcel Dzama en Helga de Alvear (España), por William Kentridge en Kewenig (con sede en Berlín y Palma de Mallorca) y por el proyecto especial de la berlinesa Thomas Schulte con Gordon Matta-Clark.

William Kentridge / Kewenig

Gordon Matta-Clark / Thomas Schulte

El próximo año más y mejor como suele decirse. Pero, si hubiese que resumir esta edición en tres palabras serían: Censura, Feminismo y Latinoamérica. Augurando que, la impronta de ésta última irá in crescendo pues Perú será el país invitado de la próxima edición. Lo venidero en el arte, sin necesidad de sofisticadas reflexiones sobre el futuro, nos lo muestra ya nuestro presente siempre y cuando permanezcamos atentos a todos los movimientos generados a nuestro alrededor.
Y, después de arte-alcoholizarme durante varios días, finalizo con una frase leída en mis múltiples paseos por los dos pabellones de ARCO: “Arte que me hiciste mal y sin embargo te quiero”. Fin de feria.

Federico Manuel Peralta Ramos - Del Infinito Galería

Artículo publicado en:
El Cuaderno 
Bcollector



miércoles, 27 de diciembre de 2017

LA CASA ALBERGA EL ENSUEÑO

“La casa es un escenario concreto,
íntimo y único de la vida de cada uno,
mientras que una noción más amplia de
la arquitectura implica generalización,
distancia, abstracción.”

Habitar, Juhani Pallasmaa


Cuando Ella May y Tike Hamlin maldecían su casucha de madera al tiempo que ansiaban una de adobe, posicionaban a la deseada “casa de tierra” y a su antítesis ruinosa en el eje central de sus vidas. De ello se traduce que la casa no sólo es un espacio físico, sino también simbólico. No sólo es una construcción de ladrillos o tablas, sino también de recuerdos y sueños. Su significado va más allá del mero hecho de dar cobijo, es un espacio afectivo que refleja la identidad de quien la habita.
“¿Cuánto tiempo más vamos a quedarnos atrapados en esta vieja cárcel?”. Woody Guthrie ponía en boca de Ella May estas palabras porque en la novela “Una casa de tierra” el hogar dulce hogar no existe salvo en el ensueño.

Lovington (acrílico sobre lienzo, 100 x 100 cm)

En “Somewhere… Nowhere” Mónica Dixon enfrenta al espectador como sujeto habitacional a una doble realidad: la casa onírica frente a la arquitectura abstracta, el hogar quimérico versus un escenario caracterizado por la neutralidad espacial. El primero representado en su aspecto exterior y el segundo de manera interior. El dentro y el fuera deberían tener una continuidad, una complementariedad, pero lo cierto es que estas obras se singularizan precisamente por eso, por la tensión y la dicotomía existente entre ambas partes aun cuando la ausencia del morador sea nexo común en los dos enfoques.  
Es más que probable que Juhani Pallasmaa tenga razón al afirmar que “quizás la idea de hogar no sea en absoluto una noción propia de la arquitectura, sino de la sociología, la psicología y el psicoanálisis”. El hogar dulce hogar está simbolizado por la noción de la «casa onírica» definida por Gaston Bachelard en su libro La poética del espacio. Ésta debería tener un desván y un sótano. El primero corresponde al lugar simbólico donde almacenar los recuerdos agradables, mientras que los desagradables se guardan en el segundo. El prototipo mental de «casa onírica» es condición sine qua non para el arraigo metafísico de su habitante. Para Carl G. Jung, los arquetipos arquitectónicos corresponderían a unas imágenes primigenias vinculadas a experiencias, emociones y asociaciones. Los paisajes con casa de Dixon estarían en esta categoría, mientras que los interiores, protagonizados por conceptos como el espacio y la luz quedarían al margen de esas imágenes universales de la mente humana.

Nowhere nº 5 (acrílico sobre lienzo, 50 x 50 cm)

“La casa alberga el ensueño”, dejó escrito Bachelard. Y es que, para el filósofo francés, “los recuerdos de las antiguas moradas se reviven como ensueños, las moradas del pasado son en nosotros imperecederas”. El hogar originario acompaña al habitante-soñador el resto de sus días a pesar, incluso, de los cambios de domicilio. Porque el ensueño remite a sensaciones, a olores… no tanto a aspectos espaciales y arquitectónicos. Nuestro inconsciente estaría agazapado en la morada primitiva y lo más próximo a ésta sería la casa natal. A lo mejor una de las claves de los paisajes de Mónica Dixon está ahí, en su memoria, en unos escenarios mentales de lugares que no existen o sólo lo hacen en pequeñas dosis como reflejo de algún territorio subsumido en el inconsciente de la pintora y sus orígenes norteamericanos. Grandes planicies, territorios de viento y polvo en Oklahoma, Colorado, Kansas, Nebraska o el Panhandle de Texas en el que vivió Woody Guthrie y que es leitmotiv de su citada novela.  Casas solitarias, aisladas y vulnerables en la amplitud de la llanura merced a los elementos naturales y marcadas por el estigma de un pasado, pero no olvidado, Dust Bowl. Es el paisaje de Guthrie, pero también de John Steinbeck o de la fotografía de Dorothea Lange.

Riverview (acrílico sobre lienzo, 50 x 50 cm)

La arquitectura moderna ha procurado evitar o eliminar la imagen de la «casa onírica». Según Pallamaa “parece haber abandonado por completo la vida y haber huido hacia la pura invención arquitectónica. La arquitectura auténtica representa y refleja un modo de vida, una imagen de la vida. En lugar de eso, los edificios contemporáneos a menudo parecen vacíos y no parecen representar un modo de vida real ni auténtico. La vanguardia arquitectónica contemporánea ha rechazado conscientemente el concepto de hogar”. Bajo nuestra idea sociocultural de casa esperamos que sus espacios estén divididos en salas, dormitorios, baños… pero en los interiores de “Somewhere… Nowhere” eso no ocurre generando inquietud y una cierta desorientación. Cuando uno accede a una vivienda entra en el mundo de quien la habita a través de sus muebles, de sus objetos personales. Aquí no hay nada excepto un juego arquitectónico de luz y espacio. Ni siquiera sabemos si, realmente, se trata de una casa. Podría ser cualquier espacio de tránsito en cualquier edificio de cualquier parte del mundo. Son interiores que no revelan la intimidad del hogar. ¿Una casa deshabitada conserva la condición de casa?

Scape nº 2 (acrílico sobre lienzo, 120 x 120 cm)

 Hay algo en los lienzos de Mónica Dixon que hace al espectador contener la respiración. En un primer momento puede vincularse a su perfección técnica y la atmósfera detenida. Pero la asepsia estética de su trabajo no es la única causante porque, en una segunda lectura, nos hacemos conscientes de que el auténtico punch de sus obras radica en enfrentarnos al habitar en su estado más puro y especulativo. Como sujetos contemporáneos de una sociedad que vive en constante cambio y aceleración, la quietud de estas obras nos traslada a una reflexión metafísica profunda. Ante estas casas que parece no habitar nadie surgen las dudas, ¿es el hombre del presente un hombre sin casa como se preguntó Otto Friedrich Bollnow? Tal vez, como sostiene la filósofa Françoise Collin, “en cierto modo, ahora llevamos nuestra casa a la espalda como el caracol. Nuestro hogar está en cualquier parte que nosotros estemos”. Porque quizás, y volviendo a Bollnow, “habitar más que la posesión de una casa es una disposición espiritual interior del sujeto”. 





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miércoles, 26 de julio de 2017

PAISAJES DEL OLVIDO

“Como arena, el silencio sepultará las casas.  
Como arena, las casas se desmoronarán.  
Oigo ya sus lamentos. Solitarios. Sombríos.  
Ahogados por el viento y la vegetación”

La lluvia amarilla / Julio Llamazares



El campo no es el paraíso perdido. Es una tierra de nadie entre un pasado, no tan lejano, que se extingue inexorablemente y un presente que avanza sin mirar atrás. Es una tierra quemada en la que el viento arrastra los recuerdos y la maleza absorbe la memoria. 

La serie Transcurso de José Quintanilla traduce en imágenes el fenómeno de la despoblación del medio rural abocado a la ruina tras el abandono. Sus fotografías se tiñen, por tanto, de escombros y silencios, de destrucción y melancolía. Este proyecto es la consecuencia lógica y coherente de Mi casa, mi árbol en el que reflexionaba acerca del hábitat en el campo manchego y la íntima conexión del hogar con su entorno. 


 Ahora, la casa no es sino ruina y la naturaleza no es compañera sino la fuerza poderosa que ha ganado la batalla. El anciano protagonista de La lluvia amarilla lo relata del siguiente modo: “El proceso de destrucción siempre era el mismo, e igual de irreparable, en cada casa. El moho y la humedad roían en silencio, primero, las paredes, más tarde, los tejados, y, luego ya, como si de una lenta lepra se tratara, el esqueleto descarnado de las vigas en que aquellos se apoyaban. Después, aparecían los líquenes silvestres, las negras garras muertas del musgo y la carcoma, y, al fin, cuando la casa entera estaba ya podrida hasta sus últimas sustancias, el viento o una nevada acababan arrumbándola”. No es una aldea, es un cementerio de casas profanadas por la vegetación. Muros, ventanas, puertas y escaleras, ahogadas en un mar de zarzas, ven cómo su rastro va siendo borrado de forma irreparable.  

Las fotografías de Transcurso recogen la ruina como quintaesencia de un paisaje que sentimos muy cercano. Es el paisaje de nuestros padres y abuelos. Ellos lo construyeron, lo habitaron, dejaron en él su impronta física y emocional. Las grietas de las paredes de las viviendas son heridas que no cicatrizarán. El éxodo del campo a la ciudad ha condenado a estos parajes a un doloroso olvido.  


La aproximación de Quintanilla no es romántica, va más allá del mero pintoresquismo anecdótico. Sus ruinas no exaltan un pasado mitificado, sino que remiten a una realidad presente. La ruina romántica es grecorromana o medieval, pero ésta es coetánea. Marc Augé dejó escrito acerca de la ruina que “es el tiempo que escapa a la historia: un paisaje, una mezcla de naturaleza y de cultura que se pierde en el pasado y surge en el presente como un signo sin significado, sin otro significado, al menos, que el sentimiento del tiempo que pasa y que, al mismo tiempo, dura”. Sin embargo, las ruinas de Transcurso no escapan a la historia, son la historia de nuestras familias, una herencia no sólo material sino también afectiva y simbólica. Son nuestras ruinas emocionales, nuestros recuerdos, nuestra memoria subsumida por la naturaleza y convertida en un lugar de no retorno.  


Es el fin de un modelo de vida. Una metáfora fotográfica de la España vacía de la que habla Sergio del Molino: “Hay dos Españas, pero no son las de Machado. Hay una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera”. ¿Expulsión o autoexpulsión de estos lares? El único habitante de Ainielle, la aldea protagonista de La lluvia amarilla, se resiste hasta la muerte a abandonar su casa, sus raíces, mientras que su hijo huye para no volver jamás. Por el contrario, en El camino de Delibes, Daniel, el Mochuelo, es obligado por su padre a ir a la ciudad con el ánimo de “progresar”. Escapadas voluntarias y abandonos forzados, de todo hay, pero todo deja el rastro de la ausencia.  


“El presente no lleva consigo la larga cola del pasado” señala Byung-Chul Han en El aroma del tiempo. Lo nuevo y efímero (la ciudad) sustituye a lo antiguo y perdurable (el campo). En este ensayo, el filósofo coreano analiza cómo la identidad de nuestra época se vuelve pasajera y para ello recurre a Heidegger quien, a través de la filosofía del arraigo y de la tierra “intenta estabilizar el suelo para la estancia humana que ya hace mucho que se tambalea y que incluso amenaza con desaparecer”. El sujeto contemporáneo se ha visto empujado al destierro en una sociedad de movilidad permanente. Echar raíces es caduco en medio de tanta prisa. Las fotografías de Quintanilla nos trasladan a esa queda quietud que está ausente ya en casi todo lo que nos rodea.  

Vivimos la urbanización del mundo hasta tal punto que a veces es difícil establecer dónde comienza y dónde acaba una ciudad. El hábitat rural tradicional está en crisis reducido a una iconografía baldía. La memoria del lugar queda aplastada por los criterios de ordenación territorial. Transcurso recoge el Zeitgeist de nuestra época, fija una taxonomía del abandono, de pueblos que se desertizan. Son los paisajes del olvido. 

P. D. Ainielle existe y está entre nosotros. La lluvia amarilla sigue cayendo.