domingo, 25 de enero de 2015

GIUSEPPE PANZA: LA COLECCIÓN DE ARTE COMO ZEITGEIST

“Las motivaciones que determinan la elección de las obras de arte contemporáneo radican en la conciencia interna del coleccionista.”

Giuseppe Panza

Giuseppe Panza

Sensible, profundamente reflexivo y de agitado intelecto, Giuseppe Panza (1923-2010) es uno de los nombres fundamentales dentro de la Historia del Coleccionismo. Como ferviente lector devoró todo tipo de materias: historia del arte, historia, filosofía, literatura, física, biología, astronomía… De todas y cada una de ellas supo extraer el jugo necesario que resolviese sus inquietudes y dudas, ayudándole a mejorar su capacidad de juicio, lo cual influyó de forma directa en el desarrollo de su colección.
La importancia de Panza radica en su manera de concebir el arte y el coleccionismo. Para el italiano el arte representa el espíritu de su época, es expresión de su tiempo. De tal modo que el concepto zeitgeist (Zeit/espíritu, Geist/tiempo), de raíz alemana, se convirtió en la clave que guiaría su trayectoria como coleccionista.

En 1956 adquirió en una galería parisina una obra de Tàpies. Fue su primera compra importante. La superficie matérica y el cromatismo terroso de esta pieza traducían el sentir convulso del momento histórico postbélico. El informalismo reflejaba el pesimismo vital que debido a ese contexto inundaba la psique de Panza.
Siguiendo esta línea y su convicción del arte como manifestación del espíritu de una época compró unos Otages de Fautrier. Estos Rehenes expresaban la angustia de Europa tras la guerra. Son obras que contienen el peso de la historia.

Dan Flavin

Ejemplo de coleccionista generoso y consciente del beneficio que esta actividad tiene para la sociedad, Giuseppe Panza sintió la necesidad de compartir su  obra, así como de conseguir unas condiciones óptimas de conservación y exhibición. En el texto titulado “Las motivaciones del coleccionismo”, recogido en la obra colectiva “Los espectáculos del Arte” coordinada por Francisco Calvo Serraller, el propio Panza señaló: “Como individuos que son, los coleccionistas están destinados a desaparecer, lo mismo que todo ser humano; pero su existencia no habrá sido en vano si contribuyen al conocimiento y a la conservación de las cosas creadas en el momento en que tuvieron la posibilidad de actuar, y que pueden resultar útiles para que las generaciones venideras puedan contemplarlas y obtener información. Es un proceso que trasciende nuestra individualidad.”

Villa Menafoglio

Por ello, parte de su colección se localiza en Villa Menafoglio (Varese). El objetivo que persiguió al instalarla allí fue beneficiar la contemplación estética de las obras presentándolas en un ambiente idóneo que ayudase a la comprensión de las intenciones creativas de los artistas.
A finales de los ochenta, consciente de la necesidad de accesibilidad de su colección a un público más amplio, Panza entró en contacto con instituciones públicas de relevancia internacional como El Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles y el Solomon Guggenheim de Nueva York. Así, aunque a día de hoy la Colección Panza esté dispersa entre El MOCA, la Fundación Guggenheim en sus distintas sedes (fundamentalmente en Bilbao) y Villa Menafoglio (gestionada por la FAI/Fondo per l´Ambiente Italiano) es un auténtico referente a nivel mundial.

La relevancia de la Colección Panza, además de aglutinar grandes artistas y obras emblemáticas, radica en su función de espejo que ofrece un doble reflejo. Por un lado, abandera la noción de zeitgeist reflejando el clima intelectual de la época en que su propietario la reunió. Y, por otro, es reflejo del propio Giuseppe Panza, es una colección autobiográfica que respondió a sus interrogantes vitales. La colección como una continuación de su Yo, una prolongación de su pensamiento puesto que el arte, como lenguaje universal, es una forma de conocimiento que significa y comunica.
  
Dan Flavin en Villa Menafoglio



Artículo publicado para Bcollector

domingo, 18 de enero de 2015

GALERÍAS Y GALERISTAS: PASADO, PRESENTE Y FUTURO

      Las galerías constituyen piezas fundamentales dentro del puzzle del sistema del arte. Enriquecen la oferta cultural de un sector en el que, hoy en día y debido a las circunstancias económicas, el ámbito privado va ganando peso frente a las cada vez más escasas iniciativas provenientes del medio público. Esta presencia in crescendo tiene lugar a pesar de que las galerías de arte viven un momento difícil y, en muchos casos, de transición a nuevos modelos de gestión. La permanentemente citada crisis económica ha provocado un descenso del consumo, al que ha de sumarse el incomprensible IVA cultural del 21 % y la ausencia en nuestro país de un coleccionismo privado consolidado debido en parte a la falta de apoyo político y a la inexistencia de un marco fiscal estimulador.

   Las galerías de arte se caracterizan por su ambivalencia funcional: cultural pero también económica. Como negocio privado exhiben, promocionan y venden obras de arte. Pero, además de ello, juegan el papel esencial de poner en conexión las últimas tendencias artísticas con el público.
La figura del galerista, compleja y polivalente, es clave en el desarrollo de este tipo de negocio cultural. Pearl Lam, directora de la Pearl Lam Galllery, define de forma muy clara esta profesión a la par que establece una auténtica declaración de intenciones: 

“Ser galerista es un medio de crear una plataforma que permita a los visitantes interactuar con las obras de arte en las que nosotros, los galeristas, creemos (…). Exponer la obra de creadores famosos y reconocidos en contextos diferentes, y también dar una oportunidad a artistas emergentes con los que tenemos un compromiso.
Me gusta conocer a artistas y conservadores. Son una fuente permanente de inspiración y de aprendizaje, que me ayuda a forjar mis propias ideas y opiniones. El proceso de construir la reputación de un artista y de presentarlo en el mercado es otro aspecto de la labor de galerista que aprecio particularmente.”

La galerista Pearl Lam
      
      El eje central de la gestión de una galería consiste en tejer una red para sus artistas con el objetivo de dar a conocer al creador en el sector y fomentar la movilidad de su obra. Para ello, organizan exposiciones y otras actividades como conferencias y visitas guiadas, acuden a ferias de arte y bienales, venden obra a coleccionistas e instituciones destacadas e intercambian artistas con otras galerías.

El galerista actúa como representante participando en la construcción de la trayectoria profesional de los artistas, siendo también imagen de marca, de tal modo que, su profesionalidad y experiencia en el sector funcionan como una garantía que incrementa el valor de la obra que vende y ofrece seguridad y confianza a sus coleccionistas.

     En el siglo XX encontramos destacados galeristas que aúnan las características esenciales de lo que supone esta profesión. Como muestra están los carismáticos Paul Guillaume y Peggy Guggenheim.
Paul Guillaume fue coleccionista y también un galerista que brindó apoyo moral y económico a artistas tan importantes como Derain, Modigliani, Van Dongen, De Chirico, Delaunay o Soutine. Se convirtió en figura esencial dentro del mercado del arte en el primer tercio del siglo XX y en 1914, en vísperas de la primera guerra mundial, abrió una pequeña galería que inauguró con una exposición de los artistas rusos Mijail Larionov y Natalia Gontcharova. 
Pionero en el sector junto con otros nombres como Durand-Ruel o Ambroise Vollard, Guillaume encarnó la imagen del galerista polifacético pues, además de marchante que vende obra a sus clientes, desarrolló otros cometidos asumiendo un activo papel en el ambiente cultura de su época. Actuó como fiel amigo de muchos artistas, descubrió nuevos talentos,  medió entre el arte de vanguardia y el público y defendió la obra de sus creadores no sólo por medio de exposiciones sino también de publicaciones, muchas de las cuales con textos firmados por nombres tan destacados como Apollinaire y André Salmon.
Guillaume, además de comercial y mecenas, fue consejero de la colección del adinerado médico norteamericano doctor Barnes. Paul gozaba de estatus y de autoridad de opinión dentro del sector. De hecho, Modigliani lo retrató en 1915 bajo el lema novo pilota aludiendo a su reputación de adalid del arte moderno. 

Retrato de Paul Guillaume como Novo Pilota (1915, Modigliani)

      El segundo ejemplo seleccionado es Peggy Guggenheim, galerista, coleccionista y gran mecenas. Abrió las puertas de su galería Art of this Century el 20 de octubre de 1942 con el doble objetivo de exhibir su colección y de organizar exposiciones comerciales. Para tal día Peggy lució un pendiente hecho por Calder y otro por Tanguy. Este gesto no tuvo nada de banal, pues su fin fue expresar un auténtico compromiso con el arte y los artistas a los que apoyaba, así como su imparcialidad entre los surrealistas y los abstractos. Incluso, impulsada por el deseo de motivar a los artistas de su galería, terminó comprando muchos de los cuadros que exponían.

    Peggy no fue una galerista dedicada al simple comercio del arte. Peggy adoraba el arte, era fundamental en su vida. No era una mera mercancía ni una simple inversión, era su pasión, de tal modo que formó una colección que contó con obra de los principales exponentes de las vanguardias: Braque, Picasso, Ernst, Dalí, Magritte, Brancusi, Kandinsky o Giacometti.
Calificada como la Medicis del siglo XX se convirtió en la auténtica impulsora del arte moderno y, desde su galería, fomentó el desarrollo del arte americano contemporáneo, especialmente del expresionismo abstracto siendo, además, la principal promotora de la carrera de Pollock.

Peggy Guggenheim
       
      La mayor parte de los galeristas destacan que una de las motivaciones principales de su trabajo es el contacto directo con los artistas. Paul Guillaume y Peggy Guggenheim fueron ejemplos de ello. Pero, además de esta labor de relaciones públicas, el galerista abarca un amplio campo de gestión que precisa de una gran polivalencia funcional. Romain Degoul, director de la Galería París-Beijing afirma que “este oficio es una pasión, son cien profesiones en una sola.”
La galería es un agente del mercado del arte cuya gestión comprende la promoción artística, el dominio de los medios de comunicación y la publicidad,  las estrategias de venta y la definición de los programas expositivos de cada temporada. También se precisa del control de otros ámbitos como es el de la gestión documental que implica la catalogación y registro de obras, así como la conservación de las mismas en depósito y los trámites de los seguros destinados a cubrir daños o pérdidas tanto por su almacenamiento como por su transporte o exhibición.


El galerista Romain Degoul
     
    El galerista debe llevar una organizada gestión informática de inventarios, artistas y clientes. Dicho campo de la gestión cultural se convierte en la columna vertebral que rige la organización óptima de este tipo de empresa. En relación a los clientes es clave hacer hincapié en el marketing directo, el mailing dirigido a los potenciales compradores. Además de ello, un factor fundamental en la actualidad es la optimización de los recursos que ofrece la Web 2.0, centrados en la página web y las redes sociales.

Internet ha revolucionado el medio redefiniendo la forma de exhibir y vender arte por parte de los creadores, de comprarlo por parte de los coleccionistas y de experimentarlo por parte del público. Un conocido ejemplo de ello es la galería online de Charles Saatchi, la Saatchi Art. Se trata de una plataforma para los artistas que no poseen marchante, permitiéndoles presentar su obra, comunicarse con otros artistas y vender a coleccionistas. El galerista ha declarado que se siente especialmente orgulloso de este proyecto: “Personalmente, me siento muy feliz al ver que más de 120.000 utilizan hoy la página como escaparate. Antes me deprimía cada vez que visitaba a un artista en uno de esos edificios que albergan unos 50 estudios porque sabía que 49 de ellos rara vez recibirían la visita de alguien que tuviera un impacto significativo en sus carreras. La página está sirviendo para sacar a la luz la obra de montones de artistas y colgarla en las paredes de los coleccionistas. Es emocionante. Ojalá hubiera sucedido antes.”

Charles Saatchi
     
     La Web 2.0 permite interactuar de forma directa con el público y posibilita unas estrategias de comunicación altamente efectivas para dar a conocer a los artistas y su trabajo, crear eventos y publicitar actividades y exposiciones. Del conocido como marketing “boca a oreja”  o “boca a boca” se ha evolucionado al marketing del “me gusta” y del “tweet a tweet”.
Un reciente estudio que analiza la visibilidad de las galerías en la red social Facebook, afirma que “la mayoría de los responsables de las galerías de arte no ha incorporado aún estas herramientas de comunicación online en sus planes y actividades de promoción cultural.”. Su presencia es escasa, con pocas publicaciones o contenidos carentes de interés, lo que conlleva una participación limitada del público e impide que la interacción sea fluida. Este medio de comunicación no debe infravalorarse ya que, como sentencia el estudio, “cada día hay más periodistas culturales y coleccionistas de arte que consultan las redes sociales para informarse de tendencias y para estar al día sobre novedades y noticias relacionadas con el sector.”

     Analizadas las principales líneas de la gestión de una galería y las novedades que presenta el sector tras su incorporación a la Web 2.0 queda matizar que, en la actualidad, la clave de la subsistencia se basa en una renovación constante. Somos espectadores de un momento de inflexión en este ámbito. Artistas y comisarios persiguen regenerar y dinamizar el panorama artístico buscando e ideando espacios diferentes a los tradicionales para desarrollar nuevos modelos de gestión cultural. Espacios alternativos e independientes al margen de las instituciones públicas, los museos y las galerías. Éstas últimas son rechazadas con frecuencia por la presión que supone la necesidad de ventas, también porque se busca la movilidad e itinerancia, se pretende salir del cubo blanco ganando en libertad, flexibilidad y experimentación. Los lugares escogidos son viviendas particulares, estudios y talleres de artistas, espacios industriales en desuso, garajes, escaparates de comercios… Esta nueva realidad, en mutación constante, convierte al futuro de la gestión de las tradicionales galerías en un tour de force de reinvención continua.


Bibliografía:

CELAYA, Javier; IRIARTE, Jorge y SALDAÑA, Iñaki: Visibilidad de las Galerías de Arte Contemporáneo en Facebook. www.dosdoce.com, año 2014.
ESPEL ALDÁMIZ ECHEVARRÍA, Miguel: El mercado del arte. Reflexiones y experiencias de un marchante. Ediciones Trea, Gijón, 2013.
GILL, Anton: Peggy Guggenheim. Confesiones de una adicta al arte. Plaza y Janés, Barcelona, 2002.
JIMÉNEZ BLANCO, María Dolores y MACK, Cindy: Buscadores de belleza. Historias de los grandes coleccionistas de arte. Ariel, Barcelona, 2007.
El Mercado de Arte Contemporáneo. El informe anual Artprice 2013.
Me llamo Charles Saatchi y soy un artehólico. Phaidon, Nueva York, Londres, 2010


Artículo publicado en la revista Doblespacio Magazine nº2: Gestión de los espacios culturales


lunes, 29 de diciembre de 2014

DAUMIER: REALISMO SOCIAL Y CARICATURA POLÍTICA

    Artista políticamente comprometido, Honoré de Daumier (Marsella, 1808-Valmondois, 1879) concibió su obra como un instrumento de lucha social y apostó por un compromiso ético con la clase trabajadora con la intención de llegar a transformar la realidad que le circundaba.
Daumier fue testigo de los movimientos obreros y proletarios que comenzaron a desarrollarse respaldados por las teorías de Marx y Engels (El Manifiesto Comunista data de 1848 y El Capital de Marx de 1867). En este contexto nació el Realismo, movimiento artístico y literario al que se adscribió la producción del artista francés. Esta tendencia surgió en Francia a partir de 1848, después de las revoluciones populares y como reacción a los ideales subjetivistas y las ansias de evasión románticos. 

La temática del Realismo partía del costumbrismo, inspirándose en los problemas de la sociedad de la época, buscando la representación objetiva y sin idealismos de la realidad. Características de este movimiento son obras como Los picapedreros (1845) de Courbet o El hombre de la azada (1850-1862) de Millet. Se trata de pinturas que reflejan la dureza de la vida campesina y muestran figuras monumentalizadas pero despersonalizadas, de rostros vulgares y facciones son genéricas. La versión escultórica de estos lienzos la aportó Meunier con obras como Mineros (1882), El segador o El pudelador.

Honoré de Daumier, por Etienne Carjat

     De formación autodidacta, Daumier aprendió observando a los mejores artistas en el Museo del Louvre y copiando a maestros como Rubens o Rembrandt.
Litógrafo, pintor y escultor destacó, como señaló Baudelaire, por su estilo dinámico y la libertad de su trazo. Lionello Venturi apuntó también la influencia beneficiosa que sobre él ejercieron Rembrandt y Goya, especialmente en la obra litográfica.

La lavandera (1860-1863, Daumier)
      En su compromiso con lo social, Honoré fue un fiel observador de su entorno, un testigo del París de su época, de la vida cotidiana de la burguesía y del proletariado. Su obra pictórica toma como protagonistas a tipos humanos hasta entonces ignorados en la representación artística. Son gentes humildes, trabajadores anónimos. Es el caso de La lavandera (1860-1863) que va a lavar al Sena cargando con su hija y los fardos de ropa. La madre posee una monumentalidad heroica, reforzada por el juego de luces y sombras que realiza el artista. En su semblante se traduce el peso del trabajo pero se trata de una figura representada con dignidad a pesar de su humildad.
La dureza de la vida de las clases sociales bajas también se observa en la serie de obras El vagón de tercera clase (1860-1864). Mujeres, hombres y niños de distintas edades viajan en incómodos coches de madera. Sus rostros reflejan el cansancio del día a día.

El vagón de tercera clase (1860-1864, Daumier)

         Daumier fue un artista políticamente comprometido. En las caricaturas que realizó supo traducir a la perfección su mirada satírica. Se inició en la práctica de este género en el año 1831, después de entrar en contacto con el director de La Caricature (1830-1835) Charles Philipon, republicano y antimonárquico.

De creencias republicanas también, Honoré fue condenado en 1832 a seis meses de cárcel por representar al monarca Luis Felipe de Orleans como un gran Gargantúa (1831) grotesco y caricaturizado con cabeza en forma de pera. La inspiración se encontraba en el personaje de Gargantúa, un gigante glotón protagonista de la novela homónima de François Rabelais. 
Luego, tras la clausura de esta revista, continuó publicando en Le Charivari (1832-1837), periódico fundado también por Philipon.

Gargantúa (1831, Daumier)

La década de 1830 fue la época dorada de la caricatura francesa. Además de Daumier, destacaron nombres como Gavarni, Grandville y Monnier. Se desarrolló una intensa actividad crítica a través de la prensa mediante la caricatura y la ilustración humorística vinculada a la política y a la denuncia social. El historiador del arte Valeriano Bozal destacó la función de la misma como “espejo de lo cotidiano”. La caricatura fue analista de su tiempo y, como tal, entre los temas predilectos a tratar destacaron la Revolución francesa, la nobleza y el clero, Napoleón, la Restauración, el auge de los nacionalismos y las injusticias sociales.
Comenzaron a realizarse mediante el grabado en madera a contrafibra. Más tarde, con el invento por parte de Alois Senelfer de la litografía, fue éste el que se convirtió en el procedimiento técnico predilecto por ser más económico y rápido. Daumier destacó por su maestría en la litografía, con sutiles gradaciones del gris al negro.


     Además de la sátira política, Honoré empleó la caricatura como método de denuncia social. En este sentido destaca la ilustración de la tragedia titulada Rue Transnonain (1834), surgida por la indignación de Daumier ante la injustificada masacre sufrida en una vivienda de París por una familia obrera durante la represión policial. Baudelaire realizó una magnífica descripción de esta escena y merece la pena recoger el pasaje: “Con motivo de la lamentable matanza de la calle Transnonain Daumier se reveló como un gran artista; el dibujo se conoce poco pues fue secuestrado y destruido. No es exactamente una caricatura, sino un relato de la trivial y terrible realidad. En una pobre y desangelada habitación, una vivienda de proletario, con muebles tristes y contados, el cuerpo desnudo de un obrero, en camisa, con gorro de algodón, yace boca arriba, tendido, piernas y brazos extendidos. Sin duda se produjo en la habitación una lucha violenta, un gran alboroto, pues las sillas están volcadas, así como la mesilla de noche y el orinal. Bajo el peso de su cadáver, el padre aplasta contra el suelo el cuerpo muerto de su pequeño hijo. En esta buhardilla sólo hay silencio y muerte.”

Rue Trasnonain (1834, Daumier)
      Para burlar la censura que perseguía su trabajo de manera constante, Daumier pasó de realizar dibujos de fuerte crítica política y social, a caricaturas satíricas costumbristas de tipos populares que apoyaban la política imperante: jueces, abogados, banqueros, financieros, comerciantes… Toda una galería de estereotipos que traducía los vicios, la hipocresía, el cinismo y las costumbres sociales de la clase media-alta.
Además de litografías, realizó esculturas entre las que destacan un conjunto de bustos de terracota policromada que retratan de forma caricaturesca a políticos de su tiempo. Caracterizados por un modelado vigoroso de las formas, son obras que muestran gran potencia expresiva. Destaca en ellos la exageración de los rasgos fisionómicos originales de los retratados, de tal manera que rozan incluso lo monstruoso y lo grotesco. Este último fue un concepto estético sobre el que se teorizó en el siglo XIX y Baudelaire lo abordó en su ensayo De la esencia de la risa y en general de lo cómico en las artes plásticas (1855). Lo grotesco, denominado por el literato como “cómico absoluto”, sería el causante de una risa repentina.

Baron de Podenas (1833, Daumier)

     Pintor de las clases populares e ilustrador satírico, Daumier fue, como sostuvo Henri Focillon, el “cronista de París”. Nada escapaba a su agudeza observadora.
Su valía no llegó a ser reconocida del todo en vida y los últimos años pasó verdaderas dificultades económicas. Afortunadamente contó con la estima de Baudelaire quien, en Quelques caricaturistes français (1857), le señaló como artista destacado no sólo de la caricatura sino del arte moderno en general. Más tarde Champfleury publicó Histoire de la caricature moderne (1865), obra en la que se le incluyó como artista. Y ya en el siglo XX, el historiador del arte y crítico Lionello Venturi le llegó a definir como el “Miguel Ángel de la caricatura”.


Bibliografía:

BOZAL, Valeriano: El Siglo de los Caricaturistas. Historia 16, Madrid, 2000.
DE MIGUEL EGEA, Pilar: Del Realismo al Impresionismo. Historia 16, Madrid, 2000.
EISENMAN, Stephen F.: Historia crítica del Arte del Siglo XIX. Ediciones Akal, Madrid, 2001.
FOCILLON, Henri: Daumier. Casimiro Libros, Madrid, 2013.


Artículo publicado para Crac! Magazine # 14 REALISMO 



miércoles, 17 de diciembre de 2014

CÉSAR LACALLE: REFLEXIONES FOTOGRÁFICAS SOBRE LA URBE GLOBAL

       Al fotógrafo César Lacalle le ha fascinado desde niño la magia que la cámara le proporcionaba al permitirle capturar una imagen y detener el tiempo. Con el paso de los años, esa pasión se ha afianzado hasta convertirse para él en su medio esencial de expresión. A través del objetivo observa su entorno plasmando en las fotografías sus inquietudes personales, su visión del mundo.
Cada proyecto que aborda César es distinto pero, a su vez, posee un hilo temático conductor: la pérdida de identidad en las ciudades. Estamos, por ello, ante un trabajo coherente y meditado a nivel temático. Las imágenes que nos proporciona no son inocuas, sino que abren al espectador una ventana a la reflexión.
Pero su fotografía no sólo es contenido, la calidad proviene del equilibrio que logra junto a la forma. Su estética se torna esencial a la hora de trasmitir el mensaje. Destacan las ambientaciones de cierto aire hopperiano y un loable manejo de la luz que Lacalle atribuye a su gusto por la pintura de los maestros holandeses del siglo XVII como Vermeer.

Somewhere 8 (Serie No Name City)
      
      En No Name City los ciudadanos se mueven en el escenario urbano como autómatas, como actores con un guión predeterminado. Transitan entre arquitecturas monumentales de fachadas acristaladas. Estos ventanales-pantalla permiten observar sin ser observado, desde ellos es posible controlar aquello que sucede en el exterior pero vetan la mirada hacia el interior. Las cristaleras y sus reflejos otorgan al ambiente una cierta ambigüedad, creando un entorno artificioso. Son construcciones muy parecidas entre sí. La globalización conlleva la uniformidad de aquello que toca. Todo parece elaborado por la misma fábrica de productos indiferenciados, lo cual implica la homogeneidad en las arquitecturas de las metrópolis, en las tiendas y comercios, incluso en las personas, que pierden identidad abanderando las mismas modas.

Somewhere 1 (Serie No Name City)

La pasión por la arquitectura que muestra César en estas fotografías se deja sentir también en otros de sus proyectos, como en Adyton, en el que recoge imágenes arquitectónicas de ambientación irreal. Parecen espacios de rasgos cinematográficos, escenarios ficticios de alguna película de tintes futuristas. A través del manejo de la luz y de la geometría de las formas estas construcciones transmiten cierta inquietud y vacío. El espectador desconoce su ubicación, nada da ninguna pista, pero esta arquitectura estándar, de estilo internacional, puede localizarse en cualquier capital mundial al igual que esos edificios de fachadas acristaladas del proyecto anterior.

En No Name City, se plasman decorados urbanos por los que circula en el día a día la ciudadanía. La figura humana se diluye en la ambientación pasando a convertirse en un elemento más de la ciudad, como si formase parte del mobiliario urbano. Se trata de sujetos en actitudes estereotipadas, con lo que el espectador puede identificarse con cualquiera de los transeúntes inmortalizados. Desde Madrid a Tokio, desde Nueva York a París… las pautas de las distintas sociedades han devenido en uniformes.

Somewhere 9 (Serie No Name City)

La fotografía de Lacalle podría encontrar un paralelo escultórico en la obra de George Segal. Este artista presenta una marcada huella de Hopper. En sus palabras: “El porqué admiro tanto a Hopper se debe a que él nunca ha dejado de contemplar el mundo”. Segal admiró de Hopper su capacidad para examinar el entorno y plasmarlo en sus lienzos. Y César, siguiendo esa línea comenzada por Hopper en la pintura y continuada por Segal en la escultura, traslada a la fotografía esa misma necesidad.
Las esculturas de Segal representan a figuras anónimas de tamaño real  realizadas en yeso y ubicadas en decorados cotidianos. Son ciudadanos que transitan por la urbe, que están sentados en bancos o parados en un semáforo. Son tipos despersonalizados, vaciados escultóricos que parecen iguales. Pero, si tanto en Segal como en Hopper son imágenes que remiten a la soledad y la incomunicación, en César, además, aluden al “ciudadano global”, en sus propias palabras. Esta tesis se aprecia de forma clara en otro de sus proyectos titulado 101 Faces in... realizado en Manhattan y Shanghái. Un trabajo en el que, por medio del retrato urbano realizado a pie de calle, persigue poner en relevancia la uniformidad que presentan las personas y la pérdida de las idiosincrasias locales dentro de un mundo cada vez más homogéneo. Un mundo en el que los rasgos identitarios y diferenciadores son absorbidos por la globalización.

Sketch on mind (Serie On Solid Ground)
       
       Sometidos a la vorágine y al movimiento incesante de unas ciudades que nunca duermen, todos nosotros necesitamos momentos de fuga psicológica. Refugios de tranquilidad donde despejar la mente. Este es el leitmotiv del proyecto On Solid Ground, que César comenzó en Nueva York pero que prevé trasladar a otras ciudades del mundo.
El fotógrafo madrileño da una definición muy clara del punto de partida de este trabajo: “Veo Nueva York como un océano de calles que nos arrastran y donde necesitamos encontrar nuestra tierra firme, nuestra On Solid Ground.”

To go (Serie On Solid Ground)

Esta serie recoge escenarios más íntimos y sosegados que No Name City. Estéticamente es, quizás, la que muestra una relación más clara con la pintura de Hopper. Así, en Sketch on my mind, la mirada voyeurística del espectador se encuentra con una figura solitaria y ensimismada, captada en un ambiente de gran quietud que contrasta con los transeúntes que corren de un lado a otro en los centros de las urbes.

On Solid Ground supone el contrapunto de No Name City. Sus ambientaciones, las personas y objetos retratados y, el clima en general, representan esos anclajes vitales en los que el ciudadano se cobija frente al torbellino globalizador que todo lo arrasa.

At home (Serie On Solid Ground)


Artículo publicado para el espacio de arte on-line 3K ART
http://www.3k-art.com/#!reflexiones-fotogrficas-sobre-la-urbe-g/ccgb