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lunes, 13 de mayo de 2019

A MERCED DE LA HIEDRA

Y, entre tanto abandono y tanto olvido,
como si de un verdadero cementerio se tratara,
muchos de los allegados conocerán por vez primera
el terrible poder de las ortigas cuando,
adueñadas ya de las callejas y los patios,
comienzan a invadir y profanar
el corazón y la memoria de las casas.

La lluvia amarilla, Julio Llamazares

Fonsagrada, Isabel Gil

      Entre tonos de verde emergen los paisajes de ruinas y soledad que protagonizan las obras de Isabel Gil. La vegetación los condena al olvido y borra el rastro de quienes habitaron esas moradas. Zarzas y matojos abren un camino sin retorno haciendo desaparecer muros y hundiendo tejados. Cualquiera de los dibujos de la artista podría estar evocando la realidad de Ainielle, el pueblo abandonado de la novela de Llamazares. ¿Diagnóstico? Demotanasia, muerte por despoblación que diría Paco Cerdà. Baja densidad demográfica, natalidad menguante, envejecimiento creciente, emigración (o más bien huida) al ámbito urbano… Apenas se cuentan habitantes por kilómetro cuadrado. Es la gangrena que enferma a la España vacía. El principio del fin. Pero un fin que da comienzo a un nuevo ciclo en el que la naturaleza recupera su terreno arrastrando todo recuerdo para dejar paso a la más profunda melancolía. La vida vegetal ha sustituido a la humana. Paradójicamente el verde, color de vida, remite también a la muerte o desaparición.

Still life / Isabel Gil / Dos Ajoles, Oviedo

En los cuadros de Isabel Gil se respira una atmósfera espesa, húmeda. Es el campo sin bucolismos. Esto no es Walden. Los escombros, las paredes agrietadas, los líquenes y el musgo, como una lepra, arrasan con cualquier atisbo de domesticidad. Apenas quedan huellas de quienes construyeron y habitaron esos lugares. Y ello, ¿qué implicaciones tiene? El arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa sostiene que habitamos necesariamente dos casas: el hogar hecho de materia y la casa interior de la mente, conformada por recuerdos y sueños. La casa es un espacio físico, pero también mental; es arquitectura, pero también identidad. Si la primera se derrumba, la segunda queda sepultada. ¿Qué ocurre, entonces, cuando la arquitectura como marco de referencia de nuestro entorno y nuestra existencia desaparece subsumida por la vegetación?, ¿perdemos nuestro horizonte espacio-temporal?, ¿se esfuman con ella nuestra memoria y nuestros recuerdos?.

Still life / Isabel Gil / Dos Ajolotes, Oviedo

Álvaro Galmés Cerezo apunta en su libro “Morar. Arte y experiencia de la condición doméstica” que la morada es activada por la vida que en ella se desarrolla. Forma parte del relato biográfico del habitante y su abandono, por tanto, desarraiga. En estos tiempos el campo ha cedido su patria al asfalto. El destierro voluntario motivado por la búsqueda de oportunidades y de un supuesto futuro más próspero ha desplazado las raíces y tampoco ha sido la solución. Ni el locus amoenus ni el porvenir en la cityAhora el habitar se ha hecho errante. Las ruinas protagonistas de los lienzos y los dibujos son la metáfora de un pasado evaporado y de un destino incierto.

Still life / Isabel Gil / Dos Ajolotes, oviedo

La morada que, a priori, debería generar o evocar un sentimiento de protección se nos antoja amenazante cuando se encuentra a merced de la hiedra. Sin embargo, la atracción y el magnetismo de la ruina genera una paradoja emocional que explica muy acertadamente Cerdà en su libro “Los últimos. Voces de la Laponia española”: Nunca la fascinación romántica por el tempus fugit de un pueblo, jamás la decadencia con rastro de muerte civilizatoria debería -por muchas teorías sobre lo bello y lo sublime- conmover nuestro espíritu con fruición y deleite. Uno no debería. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplación de esta cruza belleza. Es imposible no quedar atrapado por ellas.

Si poéticamente habita el hombre, tal y como sentenció Heidegger a partir de un verso de Hölderlin, en las obras de Isabel Gil en las que del habitar únicamente quedan ruinas, sólo cabe decir que poéticamente habita la hiedra.

Still Life / Isabel Gil / Dos Ajolotes, Oviedo


LaEscena:

Arteinformado:




martes, 3 de abril de 2018

EN ALACENAS

"Jaulas" de Marga Colás y Pedro García


A lo que me dedico es al dolor
para dar sentido y forma
a la frustración y el sufrimiento
 Louise Bourgeois



       Como reza el dicho “aunque la jaula sea de oro, no deja de ser prisión”. Una jaula es sinónimo de reclusión, de privación de libertad y ni siquiera un material precioso hace que sea menos cárcel. En muchas ocasiones, las jaulas tampoco tienen entidad física, son jaulas mentales, imperceptibles ante los ojos de los demás e, incluso, ante los nuestros propios. Pero las jaulas no son menos jaulas por ser de cristal. Todo lo contrario. La invisibilidad de los barrotes es doblemente peligrosa porque no permite identificar el aislamiento y, por extensión, tampoco la causa del mismo. 

     Quienes que se dedican a analizar el subconsciente sostienen que, aquellos que se ven enjaulados durante el sueño, desean expresar unas quejas que mientras están despiertos no manifiestan. La jaula se convierte así en un arquetipo arraigado en el inconsciente colectivo a través del cual expiar padecimientos e inquietudes. Louise Bourgeois dio testimonio de ello por medio de unas Celdas autobiográficas en las que purificó sus angustias y soledades en un auténtico ejercicio liberador.
 
Marga Colás

 Las jaulas (auto)impuestas de Marga Colás y Pedro García son, a través del dibujo y el collage en la primera y de la instalación en el segundo, objetos catárquicos que purgan la falsa libertad que habitamos. De este modo, los trabajos presentados por ambos artistas manifiestan cómo nuestra autonomía no es tal y cómo lo personal es también político. Al igual que en Bourgeois, en estas celdas reales o metafóricas, se intuyen elementos autobiográficos tamizados. En ella a través de las presencias y en él a través de las ausencias. Cada pieza, a modo de microcosmos, refleja una inquietud vital íntima y concreta. 

Jaulas / Marga Colás e instalación de Pedro García

“Como metidas en alacenas”, así describe la criada Poncia la vida de las hijas de Bernarda Alba en la tragedia lorquiana. La jaula de cada una de ellas, la alacena, es la crítica social y el patriarcado que no las deja vivir. La alacena es, además, un elemento que remite directamente a lo doméstico, al ámbito del hogar que es territorio femenino por adjudicación patriarcal.  
En la obra de Marga Colás la mujer también habita en alacenas. Las presiones socioculturales, la violencia sexual, los cánones de belleza como el culto a la juventud y la delgadez… Your body is a battleground sentenció Barbara Kruger. Porque sí, el cuerpo de las mujeres es un auténtico campo de batalla físico y mental. En nuestros cuerpos y en nuestras cabezas se está librando una guerra. En palabras de Carla Rice son “territorios ocupados” o, podría decirse, “enjaulados”. Incluso aunque, de vez en cuando, consigamos abrir la puerta de la jaula o hacer ceder los barrotes ayudadas por el feminismo, vivimos en un permanente estado de sitio que nos genera conflictos en nosotras mismas. En el siglo XXI las mujeres queremos romper esquemas y gritar “ésta no es la Casa de Bernarda Alba”. Sin embargo, la dicotomía “cabeza moderna/corazón patriarcal” (citando a María Antonia García de Léon) nos mantiene presas del sistema y de nosotras mismas aún sin quererlo o, lo que es más peligroso, sin ser conscientes de ello. 

Marga Colás

Acompañando y reforzando la obra de Marga Colás, el trabajo de Pedro García alude a las inquietudes existencialistas del ser humano de una manera universal pero no por ello menos íntima. La fragilidad, la memoria, la ausencia, el dolor… son abordados de una forma marcadamente introspectiva a través del empleo de elementos cotidianos, de objetos presentes en su entorno más cercano. Precisamente éstos remiten de manera directa a lo doméstico entroncando con las reflexiones de Colás.  La omnipresencia de los platos que el propio artista califica de fortuita, remite directamente al hogar, al menaje guardado en la alacena de cualquier casa. Y, de nuevo, aparece la alacena como metáfora lorquiana de la jaula. Lo femenino se hace presente. Una madre, una esposa, una hermana… Ecos, quizás, de la memoria personal, de escenas vitales y próximas aunque subsumidas en el inconsciente y que el artista logra transmitir a través de la claustrofobia psíquica que invade al espectador su instalación de una jaula a escala humana. Ésta, parapetada por una muralla de platos, alberga en su interior un único plato roto aunque recompuesto con bridas. El dolor y su superación (o apaciguamiento), los múltiples fragmentos de loza y su cicatrización a través de anclajes. 
Pedro García ha configurado una escenografía de una fuerte carga emocional a través de la dualidad entre la consistencia y la rotundidad de la jaula y la fragilidad de la arcilla. 

"Jaula" / Pedro García

"Platos" / Pedro García

Obra por obra en la exposición, ambos artistas enfrentan al espectador a la identificación de sus propias jaulas para deconstruirlas o subvertir su significado de modo que la alacena se pueda transformar en una “habitación propia”, en un cuarto conquistado y no en un espacio de aislamiento y miedos sino de empoderamiento. Marga Colás y Pedro García han trabajando juntos, remando en la misma dirección y compartiendo inquietudes complementarias. Es funesto ser un hombre o una mujer a secas; uno debe ser “mujer con algo de hombre” u “hombre con algo de mujer”, dejó sabiamente escrito Virginia Wolf, y en Jaulas este objetivo ha sido conseguido.   

"Jaulas" de Marga Colás

Artículo publicado en El Cuaderno: