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lunes, 13 de mayo de 2019

A MERCED DE LA HIEDRA

Y, entre tanto abandono y tanto olvido,
como si de un verdadero cementerio se tratara,
muchos de los allegados conocerán por vez primera
el terrible poder de las ortigas cuando,
adueñadas ya de las callejas y los patios,
comienzan a invadir y profanar
el corazón y la memoria de las casas.

La lluvia amarilla, Julio Llamazares

Fonsagrada, Isabel Gil

      Entre tonos de verde emergen los paisajes de ruinas y soledad que protagonizan las obras de Isabel Gil. La vegetación los condena al olvido y borra el rastro de quienes habitaron esas moradas. Zarzas y matojos abren un camino sin retorno haciendo desaparecer muros y hundiendo tejados. Cualquiera de los dibujos de la artista podría estar evocando la realidad de Ainielle, el pueblo abandonado de la novela de Llamazares. ¿Diagnóstico? Demotanasia, muerte por despoblación que diría Paco Cerdà. Baja densidad demográfica, natalidad menguante, envejecimiento creciente, emigración (o más bien huida) al ámbito urbano… Apenas se cuentan habitantes por kilómetro cuadrado. Es la gangrena que enferma a la España vacía. El principio del fin. Pero un fin que da comienzo a un nuevo ciclo en el que la naturaleza recupera su terreno arrastrando todo recuerdo para dejar paso a la más profunda melancolía. La vida vegetal ha sustituido a la humana. Paradójicamente el verde, color de vida, remite también a la muerte o desaparición.

Still life / Isabel Gil / Dos Ajoles, Oviedo

En los cuadros de Isabel Gil se respira una atmósfera espesa, húmeda. Es el campo sin bucolismos. Esto no es Walden. Los escombros, las paredes agrietadas, los líquenes y el musgo, como una lepra, arrasan con cualquier atisbo de domesticidad. Apenas quedan huellas de quienes construyeron y habitaron esos lugares. Y ello, ¿qué implicaciones tiene? El arquitecto finlandés Juhani Pallasmaa sostiene que habitamos necesariamente dos casas: el hogar hecho de materia y la casa interior de la mente, conformada por recuerdos y sueños. La casa es un espacio físico, pero también mental; es arquitectura, pero también identidad. Si la primera se derrumba, la segunda queda sepultada. ¿Qué ocurre, entonces, cuando la arquitectura como marco de referencia de nuestro entorno y nuestra existencia desaparece subsumida por la vegetación?, ¿perdemos nuestro horizonte espacio-temporal?, ¿se esfuman con ella nuestra memoria y nuestros recuerdos?.

Still life / Isabel Gil / Dos Ajolotes, Oviedo

Álvaro Galmés Cerezo apunta en su libro “Morar. Arte y experiencia de la condición doméstica” que la morada es activada por la vida que en ella se desarrolla. Forma parte del relato biográfico del habitante y su abandono, por tanto, desarraiga. En estos tiempos el campo ha cedido su patria al asfalto. El destierro voluntario motivado por la búsqueda de oportunidades y de un supuesto futuro más próspero ha desplazado las raíces y tampoco ha sido la solución. Ni el locus amoenus ni el porvenir en la cityAhora el habitar se ha hecho errante. Las ruinas protagonistas de los lienzos y los dibujos son la metáfora de un pasado evaporado y de un destino incierto.

Still life / Isabel Gil / Dos Ajolotes, oviedo

La morada que, a priori, debería generar o evocar un sentimiento de protección se nos antoja amenazante cuando se encuentra a merced de la hiedra. Sin embargo, la atracción y el magnetismo de la ruina genera una paradoja emocional que explica muy acertadamente Cerdà en su libro “Los últimos. Voces de la Laponia española”: Nunca la fascinación romántica por el tempus fugit de un pueblo, jamás la decadencia con rastro de muerte civilizatoria debería -por muchas teorías sobre lo bello y lo sublime- conmover nuestro espíritu con fruición y deleite. Uno no debería. Y sin embargo resulta imposible detraerse a la contemplación de esta cruza belleza. Es imposible no quedar atrapado por ellas.

Si poéticamente habita el hombre, tal y como sentenció Heidegger a partir de un verso de Hölderlin, en las obras de Isabel Gil en las que del habitar únicamente quedan ruinas, sólo cabe decir que poéticamente habita la hiedra.

Still Life / Isabel Gil / Dos Ajolotes, Oviedo


LaEscena:

Arteinformado:




lunes, 6 de mayo de 2019

NATURALEZAS SIN RETORNO

“La montaña en que no habitaban dioses de figura humana, las estribaciones sobre las que no se erguía ninguna estatua visible, las pendientes no holladas por algún zagal, no merecían una sola palabra. Todo era escenario vacío en tanto no apareciera el hombre y llenara con su acción corpórea, de modo trágico o hilarante la escena. Todo esperaba al hombre, y allí donde llegaba, todo retrocedía y le dejaba espacio libre”.

Von der Landschaft (Sobre el paisaje, 1902)
Rainer María Rilke

Natura/Contra natura, Cristina Ferrández

Las transformaciones naturales de nuestros paisajes son un work in progress apenas perceptible tras el telón de fondo de la antropización rápida y sin miramientos de la acción humana. En Naturalezas sin retorno la artista Cristina Ferrández muestra a través de la fotografía y el videoarte los cambios en unos territorios que parecen prístinos pero en los que, en realidad, escasamente se revelan rasgos de su pureza inicial. “Parece que nuestra civilización aliena nuestro propio entorno” proclamó Agustin Berque. Y es que, en la época de la modernidad líquida de Bauman, nuestros paisajes también se han vuelto líquidos. El carácter acelerado de los tiempos se traduce en ceguera hacia nuestro alrededor, hacia el impacto de las tecnologías, de la deforestación, de la contaminación, de los residuos generados por el sistema capitalista… Todo ello sin darnos cuenta de que la naturaleza, como la piel, tiene memoria. Y el cambio climático es su carcinoma.

En un instante de entropía, Cristina Ferrández

            El trabajo de Ferrández no muestra espacios degradados e hiperindustrializados, sino que pone el foco en una realidad menos obvia. Su objetivo es enfrentarse a la materialidad de aquellos parajes en los que la espontaneidad natural de los cambios geológicos graduales ha quedado subsumida por la domesticación. El sujeto contemporáneo somete al hábitat otorgándose unos plenos derechos de explotación que no le han sido concedidos. Gea es de todos y no es de nadie. Sin embargo, retrocede y deja espacio libre a la acción humana tal y como dejó escrito Rilke.
En Le coeur de l`homme et le cours de la nature (El corazón del hombre y el curso de la naturaleza, 1991) el ya citado Berque exclamó “¡La muerte del paisaje es el fin del proyecto moderno!”. No se trata de proclamar una naturaleza primigenia sino de reflexionar sobre cómo los efectos del modelo económico-social imperante están generando un proyecto de paisaje en el que el ciclo natural del eterno retorno está desapareciendo ante nuestra propia mirada.

La presa de la araña, Cristina Ferrández


GALERÍA LUMBRERAS / Catálogo expositivo:

El Cuaderno Digital:

Arteinformado:

La Ventana del Arte:

I love Bilbao:



miércoles, 5 de abril de 2017

LA FUGA DE PERSÉFONE

En la década de los ochenta, Joseph Beuys llevó a cabo diversas intervenciones en el medio relacionadas con la recuperación de espacios agrícolas y forestales. El artista sentenció al afirmar que “tras la degradación de la naturaleza vendría la del alma humana.” Este aserto es punto de partida de Cristina Ferrández para quien la naturaleza, en su movimiento de eterno retorno, deviene en refugio de restablecimiento continuo, liberación y catarsis. La fusión con los elementos conduciría al sujeto contemporáneo a la renovatio vital, mientras que su deterioro traería consecuencias nefastas e irreversibles para la condición humana.

Ártemis

En clave poética y metafórica la artista reflexiona, a través de la fotografía y el vídeo-performance, acerca del modelo occidental de desarrollo y propone repensar la relación entre humanidad y naturaleza. El objetivo es la deconstrucción del yo masculino dominador y el surgimiento de una cultura de la igualdad y la sostenibilidad frente a un modelo tecno-económico irresponsable. En suma, renaturalizar al ser humano.

Conversaciones secretas

“La fuga de Perséfone”
toma a esta figura mitológica como punto de partida para deliberar sobre el actual estado de la mujer y de la naturaleza. Perséfone representa los poderes de la Tierra, su transformación, la emergencia cíclica y se convierte también en sinónimo de reivindicación de los derechos de la mujer eliminando fórmulas opresivas y superando visiones antropocéntricas y androcéntricas en aras de generar una conciencia renovada hacia nuestra relación con el planeta.
La Perséfone de Cristina Ferrández se halla a la fuga en medio de un entorno natural que ha sido antropizado y, en ocasiones, deteriorado. El título del proyecto ya no hace referencia al rapto, un concepto que atenta a la libertad, la dignidad y la integridad sexual de esa figura. Ahora, Perséfone reacciona y se escapa en un intento de recuperar los valores violentados.

Pluralidades del ser

Alicia Puleo afirmó que “existe una línea directa entre la marginación de la mujer y la degradación del ambiente." En este sentido, la artista también vincula la manipulación, control y explotación de la mujer y la de la naturaleza con el androcentrismo imperante.
El pensamiento patriarcal estructura el mundo en dualismos o pares de opuestos de valor desigual: Cultura/naturaleza, mente/cuerpo, razón/emoción, conocimiento científico/saber tradicional, hombre/mujer. Estas dicotomías justifican ideológicamente el dominio y la explotación de lo masculino, asociado a la razón y la mente, sobre lo femenino, vinculado al cuerpo, a la naturaleza y al mundo inestable de las emociones. De ese modo, la reflexión ecofeminista de Ferrández hace hincapié no en un ecofeminismo espiritualista o esencialista, que considera a las mujeres biológicamente más cerca de la naturaleza, sino en un ecofeminismo constructivista, que concibe esa relación como una construcción histórico-social.

Deméter

La sociedad capitalista no produce lo que necesitan las personas, sino lo que genera beneficios.
Es la política del "usar y tirar", de los objetos superfluos y efímeros, del consumo rápido. De esta forma se extraen, usurpan y manipulan recursos tanto naturales como humanos. La desmesura de la economía está provocando una serie de impactos graves e, incluso, irreversibles: cambio climático, destrucción medioambiental, reducción de la biodiversidad, deforestación, agotamiento de recursos… Desde el ecofeminismo se plantean nuevas formas de producción y consumo, al tiempo que se reacciona ante los agrotóxicos, las prácticas llevadas a cabo por la industria peletera o cosmética, y se denuncian las tecnologías de reproducción agresivas con el cuerpo femenino. Además cuando la mujer, siempre musa y nunca genio, trata de desempeñar el papel del homo economicus y alcanzar puestos de decisión así como reconocimiento profesional, se encuentra con el perenne techo de cristal y con dificultades para conciliar vida laboral y familiar.

Buscándose a sí misma

La serie de fotografías y los tres vídeos-performance de la exposición recogen a mujeres que, bajo distintos estados y actitudes vitales, se muestran en relación íntima con una naturaleza en la que parecen buscar la respuesta a sus preguntas existenciales.
Las fotografías, de composiciones extremadamente meditadas, presentan escenografías en las que las figuras femeninas deambulan enfrentándose a la desnaturalización tanto de su ser como del entorno.  Por otro lado Ethernal mirror, el vídeo performance guiado por la artista a manera de demiurgo, muestra la catarsis colectiva de un grupo de féminas empleando el territorio como escenario simbólico. El fin último es reflexionar sobre el arquetipo eterno de la mujer como Madre Tierra a partir de los mitos helénicos de la diosa Deméter y su hija Perséfone y que ello conlleve analizar de manera crítica los roles establecidos bajo los condicionantes geoeconómicos y  políticos vigentes.

Ethernal Mirror

Perséfone se fuga consciente de que el sistema imperante somete todo al ritmo del mercado. En el capitalismo la obligación de maximizar los beneficios estructura los tiempos vitales. Si no rindes no sirves. La mujer y la naturaleza son las grandes perjudicadas por este modelo y Cristina Ferrández aborda la problemática aunando la teoría ecofeminista con una estética cargada de alegorías.



LA FUGA DE PERSÉFONE
Artista: Cristina Ferrández
Comisaria: Natalia Alonso Arduengo
Del 23 de marzo al 20 de abril de 2017
Sala 1 del Centro de Cultura Antiguo Instituto de Gijón
Proyecto subvencionado por la Fundación Municipal de Cultura de Gijón

viernes, 30 de septiembre de 2016

PAISAJES DEL VIAJE

Viajar. Recorrer el mundo, sus países, sus lugares. Y la fotografía como testigo de ello. La alianza entre los verbos viajar y fotografiar viene de lejos. Tanto su auge como su coalición llegaron en el siglo XIX, momento en el que ambas prácticas surgieron de forma coetánea para comprender la realidad circundante.

El fotógrafo autodidacta Borja de Madariaga a través de “Diario de Viajes”, la exposición que presenta en la Galería Viki Blanco. El arte de lo imposible, cumple la misión como viajero de ser un descriptor de su entorno. En literatura el género de la periegética, como antecesor de la llamada literatura de viajes, se refiere a aquellos libros que contienen descripciones como consecuencia de viajes y que sirven como una especie de guía para el turista. Podríamos decir, extrapolando el término a otra manifestación artística, que la suya es en esta muestra una fotografía periegética

Monument Valley, Serie USA, The Landscapes

          Carmelo Vega en su ensayo Lógicas turísticas de la fotografía editado por Cátedra,  nos habla de Théophile Gautier (escritor, crítico literario y fotógrafo), quien en su obra Viaje a España (1853) definió que su misión de viajero/fotógrafo debía ser la de un "turista descriptor". Como precisa Carmelo: “Gautier comprendió que nada se parece más al ojo del turista que el ojo de la cámara fotográfica, posándose en la superficie de las cosas, pasando por ellas, marcando distancia a través del abismo insalvable de las imágenes. No en vano, Gautier fue uno de los pocos que comprendió durante el siglo XIX que ése era el verdadero poder de la fotografía, su mejor don, su mayor fuerza: intentar ofrecer la verdadera fisonomía planetaria, ejecutando lo que ni el escritor ni el artista sabrían (ni querrían) hacer; y llegar hasta los lugares más inaccesibles para verificarlo todo, para mostrarlo todo”.

Ta Prhom 2. Serie: Angkor: Naturaleza y Misticismo

      En Diario de viajes Borja de Madariaga busca transportar al espectador a otros lugares descubriéndoles la riqueza cultural que esconden y, especialmente, generar una imagen eterna y atemporal. En sus propias palabras: “La fotografía es para mí algo más que el intento de plasmar un instante, un momento o una situación. Por el contrario, pretendo que la contemplación de mi obra transcienda el tiempo y el espacio y transmita al espectador una sensación atemporal, una evocación de vivencias, que le permita sustraerse del presente y disfrutar”

Angkor (Camboya), donde naturaleza y misticismo se fusionan;  el mítico Monument Valley, entre Utah y Arizona; o Roma, la cittá eterna… Todos ellos lugares particularmente icónicos y emblemáticos, protagonistas muchos de algunas de las más famosas películas del séptimo arte.

Estas fotografías ofrecen a quien las contempla la posibilidad de explorar y reconocer en la distancia, de reconstruir la imagen del mundo. Constituyen un catálogo de sitios y culturas que se alejan de los estereotipos para reflejar la visión personal de su autor.

Bocca. Serie: Roma: Momentos de solitud



miércoles, 28 de septiembre de 2016

WU WEI, EL FLUIR COMO FILOSOFÍA VITAL

        La naturaleza, dejada sola, está en perfecto equilibrio.
Masanobu Fukuoka


        Rubén Martín de Lucas, fundador del colectivo de arte urbano Boa Mistura,  decidió  en el año 2015 emprender su carrera artística en solitario. Desde entonces, va forjando con paso firme su trayectoria por medio de unos proyectos profundamente interesantes y coherentes en su evolución. A través de diversos medios como la pintura, la fotografía intervenida o el vídeo, pone el foco de atención en el paisaje y en las relaciones del sujeto contemporáneo con su entorno. El trabajo de campo y la experiencia empírica juegan un papel fundamental dentro de un proceso creativo en el cual, la lectura sociológica, es también un elemento clave.

       En proyectos como La Aldea Flotante, Martín de Lucas abordó la situación de una parte de la población del Sureste asiático obligada a habitar sobre el agua. Con Stupid Borders reflexionó sobre las fronteras (no sólo físicas sino también mentales) que el hombre construye a su alrededor y que determinan su total relación con el entorno y con los otros individuos. En Vacaciones en el Mar retrató el éxodo de la población de las ciudades hacia las zonas costeras de España. Estos flujos migratorios generan unos paisajes vacacionales caracterizados por la masificación y la mimetización de los comportamientos sociales. 

El jardín de Fukuoka de Rubén Martín de Lucas
en la Galería Bea Villamarín

        El Jardín de Fukuoka, su exposición más reciente, se muestra en la Galería Bea Villamarín. Arte & Coleccionismo, de Gijón. Este trabajo habla de agricultura, filosofía y WU WEI (o principio del no-hacer) a partir del libro La revolución de una brizna de paja de Masanobu Fukuoka (1913-2008).

Fukuoka fue un agricultorbiólogo y filósofo japonés que, en textos como el citado y en La senda natural del cultivo, explicó su manera de afrontar la agricultura de forma totalmente respetuosa con la Naturaleza. Su método de cultivo, la llamada agricultura natural,  protegía las características de la tierra y eliminaba los trabajos innecesarios a través de la creación de un ecosistema que dejase a la naturaleza actuar sola. Este método de agricultura natural era presentado como la salvación contra la inercia degenerativa de la agricultura moderna que empleaba prácticas agrícolas negligentes y productos químicos que agotaban la fertilidad del suelo. 

La “agricultura del no hacer”, deja que los cultivos sigan un desarrollo natural a partir de los siguientes principio: no labrar la tierra, no utilizar fertilizantes químicos ni compost preparado, no quitar las malas hierbas mediante cultivo o pesticidas, no usar pesticidas, y no podar. 

El jardín de Fukuoka de Rubén Martín de Lucas
en la Galería Bea Villamarín

Este planteamiento de Fukuoka supuso el punto de partida para el conjunto de pinturas que presenta Martín de Lucas y en el que aprecian dos series bien diferenciadas. Por un lado, los lienzos sobrios de los monocultivos que, a modo de haiku, transmiten lo esencial. La sencillez y austeridad de estos poemas tradicionales japoneses parece tener su paralelo en estas pinturas de gran rigor formal y contención.

Los cuadros de la segunda serie, por el contrario, son orgánicos. En ellos la mancha espontánea y colorida sustituye a la línea recta, meditada y rigurosa. El principio del WU WEI, del fluir y de la no intervención, los salpica aportándoles vitalidad: “Si la naturaleza se abandona a sí misma, la fertilidad aumenta”.

Desierto. Monocultivo VII. 148x148 óleo/tabla

       El jardín de Fukuoka es un proyecto reflexivo, una crítica velada que cuestiona el impacto del sujeto contemporáneo sobre el territorio, su forma de  intervenir en el paisaje y de relacionarse con él. Porque, en última instancia, Fukuoka emite una profundo cuestionamiento acerca de la sociedad de consumo y del desarrollo económico capitalista.

Influido por la filosofía Taoísta y del Budismo Zen, consideró que la degeneración de la tierra discurría en paralelo a la de la sociedad japonesa. Si la tierra se sana, el espíritu humano se purifica de tal modo que la agricultura natural y la salud espiritual del individuo dependen la una de la otra. Todo forma parte de un ciclo. Si a la naturaleza le falta vitalidad, ello se traduce a los alimentos y, a través de la comida, esa ausencia de energía repercute negativamente en las personas. 

Pero la culpa no recae exclusivamente en el sistema industrial y las deficientes políticas agrícolas sino también en el propio individuo, en la extravagancia del deseo humano: “Los consumidores generalmente asumen que ellos no tienen nada que ver con las causas de la contaminación agrícola. Muchos de ellos buscan los alimentos que no han sido tratados químicamente. Pero los alimentos tratados químicamente son comercializados preferentemente en respuesta a las preferencias del consumidor. El consumidor exige productos grandes, brillantes, sin defectos y de tamaño regular. Para satisfacer estos deseos se han difundido rápidamente productos químicos (…). La predisposición del consumidor por pagar altos precios para los alimentos producidos  fuera de la estación también ha contribuido al incremento de la utilización de métodos artificiales de cultivo y la aplicación de productos químicos”.

El jardín de Fukuoka VI. 30x40 óleo/tabla

      Según Fukuoka, el objetivo está en desarrollar una agricultura auto-suficiente que  aporte lo necesario para subsistir pero que evite los trabajos excesivos e innecesarios que merman el descanso y el tiempo libre. El sujeto contemporáneo está tan ocupado que a menudo se le olvida vivir. El WU WEI se convierte, por tanto, en un principio para  aplicar no sólo a la agricultura sino también a la vida: “El fin último de la agricultura natural no es el cultivo de las plantas sino el cultivo de la perfección de los seres humanos”.
El devenir de las estructuras económicas y sociales, así como la crisis de valores del presente, han conducido al mundo por complicados derroteros que precisan de un cambio de filosofía. Masanobu lo tenía muy claro: “Rápido mejor que lento, más mejor que menos, este desarrollo superficial está directamente relacionado con el colapso inminente de la sociedad. Solamente ha servido para separar al hombre de la naturaleza. La humanidad debe detener el fomento del deseo de posesiones materiales y ganancias personales y moverse en su lugar hacia el conocimiento espiritual”.
El ser humano debe buscar el verdadero significado de la vida y aprender a vivir en el aquí y el ahora sin mirar hacia el pasado o hacia el futuro. 

El jardín de Fukuoka XII. 30x40 óleo/tabla

        La sociedad de consumo, la intervención en el hábitat, el sacrificio de la naturaleza en aras de un supuesto desarrollo de la civilización, la sostenibilidad y el fluir como filosofía vital son los temas que Rubén Martín de Lucas aborda en la exposición a raíz de la lectura de La revolución de una brizna de paja.  En una entrevista para Mecenas 2.0 decía lo siguiente: “La naturaleza lo es todo. Mi concepto de naturaleza es más amplio, es la suma de lo que comúnmente conocemos como “naturaleza”, más nosotros, más las relaciones que hay entre ambos. Es decir yo no nos veo como un ente separado. Y ese conjunto, esas relaciones, me interesan profundamente, especialmente nuestro comportamiento y nuestra manera de “habitar” la Tierra.”

De este modo, a través de El jardín de Fukuoka podemos concluir: Somos como habitamos y, también, somos lo que comemos.  


jueves, 8 de septiembre de 2016

TIERRA DE NADIE, TIERRA DE TODOS

De la naturaleza sublime y de su explotación humana


Cuando Robert Smithson publicó en la revista Artforum en el año 1967 el artículo titulado “Los Monumentos de Passaic. ¿Ha sustituido Passaic a Roma como Ciudad Eterna?”, presentó este pueblo localizado al noroeste de Nueva York y afectado por la industrialización como un lugar pintoresco en la línea de las teorizaciones de Uvedale Price. En Essay on the Picturesque (1794), Price analizó esta categoría estética vinculándola a la naturaleza en aquellos rasgos irregulares y abruptos que la alejaban de toda belleza entendida en el sentido convencional:

“El aspecto de una lisa colina verde, desgarrada por torrentes, puede en principio considerarse  con mucha propiedad como deformada, y por el mismo principio, aunque no con la misma impresión, como una cuchillada en un animal vivo. Cuando la crudeza de una cuchillada así en la tierra se suaviza, y en parte se oculta y adorna por los efectos del tiempo y del aumento de la vegetación, la deformidad, por este proceso natural, se convierte en pintoresco; y esto es lo que sucede con las canteras, con las minas etc., que al principio son deformidades y que, en su estado más pintoresco, son consideradas como tales por un aprendiz de topografía”.

Smithson rescató este texto y relacionó lo pintoresco con los parajes periféricos industrializados. El interés del artista del Land Art por los paisajes antropizados y degradados por la mano del hombre lo materializó en obras como Spiral Jetty, construida en un mar desecado, o Broken Circle y Spiral Hill, ambas en una cantera de arena. 


En Face of Time Cristina Ferrández aborda el paisaje como una construcción cultural y analiza la relación que la sociedad establece con su entorno. Pero, a pesar de la influencia que en su trayectoria artística pueda presentar la figura del propio Smithson, el enfoque de este trabajo nada tiene que ver con una visión pintoresca de las canteras de Portland o de la Patagonia argentina, los dos emplazamientos protagonistas de las fotografías.

El poso ecologista de Ferrández no está presente ni en el Land Art  ni en el Earth Art del que recibe sus influjos. Su interés se centra en mostrar los cambios de los territorios derivados de las intervenciones depredadoras del hombre. Y, de forma paralela a este proceso, revelar la existencia de una Pangea superior a los meros mortales que hacen un uso de ella exclusivamente utilitario. Ésta, representada alegóricamente como una mujer vestida de azul sosteniendo un globo terráqueo, se manifiesta creadora y protectora, reflexiva ante los estratos que sacan a la luz millones y millones de años de formación geológica e incorruptible ante cualquier intento de domesticación mundana.

Gea, en su constante devenir imparable y sublime, hace de la naturaleza un actor activo. El paisaje se convierte en un non finito en perpetua mutabilidad, fluyendo en un eterno movimiento de obligado cumplimiento para los agentes atmosféricos. Pero este work in progress no viene dictado en exclusiva por la Madre Tierra, la mano del sujeto contemporáneo irrumpe modelando el territorio y antropizándolo de forma  instrumental. Así, las transformaciones naturales y artificiales se imbrican a modo de código genético telúrico.


El desarrollismo capitalista crea paisajes de usar y tirar. Colonización, explotación y abandono son las tres fases del proceso. El valor económico prima sobre el ambiental y el estético. “La Tierra es de todos y de nadie. ¿Quién osa erigirse en su dueño?”, parece gritar la diosa. El filósofo Antonio Campillo en uno de sus últimos ensayos publicado por la editorial Herder y titulado “Tierra de nadie. Cómo pensar (en) la sociedad global” lo dejó claro:

“Necesitamos comenzar a pensar en el planeta Tierra como en nuestro hogar común, el hogar de todos los humanos y de todos los seres vivientes. Y eso significa que nadie puede apropiárselo en exclusiva para explotarlo y expoliarlo en beneficio propio. Eso quiere decir que hemos de comenzar a reivindicar para el conjunto de la Tierra el estatuto de tierra de nadie. (…) Eso significa que hemos de empezar a reconocernos no como propietarios o soberanos de la Tierra, o de alguna de sus parcelas, sino como simples usufructuarios pasajeros, puesto que hemos de compartirla 
con las demás generaciones humanas y con los demás seres vivientes. 
Eso significa, en fin, que hemos de comenzar a defender como bienes comunes de esta gran Tierra de nadie los mares, los ríos, las montañas, los suelos cultivables, la asombrosa diversidad de plantas y animales, el aire que respiramos…”

En la época de la modernidad líquida proclamada por Zygmunt Bauman nos encontramos también con paisajes líquidos, encadenados a un tránsito continuo que no está sólo motivado por la propia naturaleza sino por el factor humano. Las transformaciones son dicotómicas: erosión natural frente erosión artificial, procesos maquinales frente a procesos orgánicos. Uno es rápido e industrial, el otro es lento y continuado. En ambos casos, aunque a ritmos distintos, el curriculum vitae geológico del territorio sale a la luz y su continuidad pasa por lograr un equilibrio pacífico entre ambos. 


¿El Paisaje ha muerto? ¡Viva el Paisaje!, como proclamó Alain Roger. No hablamos de una vanitas geológica sino de una “Teogonía perenne” que nos enfrenta al paso del tiempo y convierte a éste en la medida de todo paisaje.
La ruina industrial aletargada y en estado de coma, no muestra pintoresquismo sino sublimidad negativa y es subsumida por un paisaje que recupera el lugar preponderante que nunca debió perder en aras de un supuesto progreso.



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